Cómo llegué a dedicarme a esto.
Nunca pensé que acabaría especializándome en postoperatorio estético. Mi carrera empezó en planta hospitalaria, atendiendo pacientes de cirugía general, trauma, oncología. Durante esos años aprendí lo que significa realmente cuidar: la técnica, sí, pero sobre todo la presencia, la calma y la capacidad de transmitir seguridad en los momentos más vulnerables.
Todo cambió cuando una paciente cercana se operó de una abdominoplastia. Volvió a casa con drenajes, con dolor, con miedo. Su familia, llena de cariño pero sin idea clínica, no sabía cómo ayudarla. Pasé esos primeros días con ella. Y me di cuenta de algo: el sistema sanitario cubre la cirugía, pero deja el postoperatorio a cargo de familias que no están preparadas para afrontarlo.
Nadie debería atravesar sola la primera noche después de una cirugía.
Empecé a formarme específicamente en cuidados post-quirúrgicos estéticos. Aprendí técnicas de drenaje linfático manual, protocolos de cura adaptados a cada tipo de intervención, y sobre todo, aprendí a entender lo que una paciente siente tras pasar por quirófano: no solo lo físico, también la ansiedad, el cansancio emocional, el miedo a no reconocer tu propio cuerpo durante esas primeras semanas.
Hoy dedico toda mi práctica profesional a este trabajo. A ir a casa de mujeres que acaban de operarse. A hacer que esa recuperación sea un poco más humana, más tranquila, más digna. Y cada vez que salgo de la casa de una paciente que me dice "gracias, sin ti no habría podido", sé que estoy exactamente donde debo estar.